CRIMEN INSENSATO

Alberth deambula entre el castigo de su conciencia experimentando cada rincón amargo que le remuerde su propio ser.

Un pequeño relato, escrito por: LD.Yzaguirre.


 

Me imaginaba que el camino sería más grande, amplio y dirigido por gustos míos. Pero no, era guiado por un ser del que no me podía liberar, tenía el tacto tibio y susurraba a cada segundo “caminaras con los pies ensangrentados y te dolerá en el alma”

                De pronto sentía por los oídos que se me corría una gota de sudor y cuando las manos pasaba entre ellas, no era más que rojiza sangre. Me imaginaba un camino distinto pero aquel lugar estaba lleno de cadáveres sin ojos tirados en el suelo, en un charco de sangre despidiendo un olor horripilante. Era muy estrecho el camino, sí y ese ser que me guiaba, no era más que mis ganas de ver el final. Recuerdo claramente que de niño escuchaba que el trayecto a lo infernal era más sencillo, lleno de beneficios hasta llegar a lo verdadero, pero no, el inicio era lo verdadero y conocí como es cada rincón del silencio.

                Estaba confundido y cada vez mi nombre se escuchaba a mi alrededor conforme pasaba entre los arboles sumergido en profundo terror.

                – Alberth, alberth.

                Un susurro tras otro. Yo no respondía.

                El llamado se oía más cerca y mis pies se bañaban en sangre a cada paso que daba. Era siniestro el bosque. Usaría una descripción para la noche diciendo que era oscura, totalmente oscura, pero no. La luna radiaba y gobernaba cada rincón del bosque aterrador y creo también que eso lo hacía más frustrante.

                – ¡Maldita vestía inconforme, déjame salir de este sitio que es un lugar enorme lleno de malas intenciones o vais a tener que vértelas conmigo! – Nada, mi voz de enojo no hacía que cambiara algo ahí dentro.

                Sí, resaltaba enojo, pero no. Era más bien cólera y miedo lo que me hacía actuar de tal forma.

                Seguía caminando.

                Más adelante por fin uno de esos cobardes se animó a hablarme a través del viento como Dios lo hacía con Abrahán. Su voz claramente resaltaba ironía y era algo áspera y gruesa para ser la voz de una mujer.

                – ¡Camina maldita sea, y ya deja de quejarte!

                – ¿Cómo me habéis metido entre estos caminos? ¿Y por qué? – Grité acongojado – Dios tomará vuestro rabo y se los hará trizas en segundos.

                – La gente como tú solo sabe pensar en Dios. Si lo describen de tal manera ni siquiera os dejaría llegar hasta aquí, estúpidos. Ja, ja, ja, ja, ja ¡Estúpidos, estúpidos, estúpidos!

De pronto, el paisaje lleno de árboles cambió a uno nublado. No tardé ni era difícil en ese momento de darme cuenta de que estaba en una profunda pesadilla.

                – Me encuentro solo ahora aquí – pensé.

                La voz que me nombraba a cada momento era ahora casi nada y solo se podía escuchar a ratos. De pronto una vieja con una oreja cortada, la nariz grande y chueca me tiró al suelo cuando mostró su abominable rostro repentinamente atrás de mí.

                – Vas a morir, y no precisamente porque yo te mate sino porque ese siempre va ser tu destino.

                – ¡He recorrido lugares más horribles que este y no te tengo miedo! – saqué lo que pude de mí y empecé a correr pensando en que despertaría de inmediato, pero no. Eso solo hizo que llegara a otro lugar más diferente.

Llegué a un parque, lleno de juegos, tenía una iglesia en frente. Los niños jugaban inocentemente. Luego vi que dos hombres, adultos, totalmente de negro empezaron a rodear a los niños. Le degollaron la cabeza a uno que estaba parado en frente de mí y me veía con una sonrisa desgraciada, totalmente desgraciada.

En poco tiempo me desvanecí como vapor en una taza de té. Desperté y estaba en casa, en mi cuarto, sobre mi cama.

<<Que pesadilla más absurda y horrible. Espera, pero que rayos está…>>

Sentí que algo se había posado sobre mis pies, algo muy pesado.

Levanté la cabeza. Vi la figura de un hombre sentado, dándome la espalda, luego giró la cabeza lentamente hacía mí y pude notar su sonrisa aterradora, sus intenciones de maldad. Sus ojos se le llenaron de sangre y parecían hacerse más grandes a cada segundo.

Un cuerpo repentinamente cayó del techo a mi costado y luego rebotó dándose contra el piso. Era un cadáver. Tenía la cara desfigurada, luego de emplear unos segundos para reconocerlo, hice un gesto de querer sonreír. Me di cuenta que era el cadáver de aquel hombre que asesiné justo la noche anterior en su propia casa, guiado por la lujuria maniática que a uno le atrae sin querer.

FIN

DESAUSIADO

Hoy, mis sentimientos más puros

perforan y destrozan mi alma,

expresando su más noble esperanza

qué traía consigo cuando caminaba

agarrado de la mano de tus lóbregos

senderos de tu alma que juró amarme.

 

Como un ave sin nido ni árbol así,

suele desaparecer mis pensamientos

significativos, como adormecerse,

como tocar el cielo y luego caer.

 

Hoy mis sentimientos tocan tu puerta,

susurran tu mente y aún con la mirada

que deseas lanzarme indirectamente,

sueles como inocente, ignorarme.

 

Como en tu corazón encontré

hogar y vida reconfortante,

Ahora no logro acostumbrarme

A vivir de mí, ni del aire.

L.D. Yzaguirre Trevejo.

LA LLAMADA DEL MAL EN EL SILENCIO

Una noche, refugiado entre los árboles a Javier le llega un llamado que nunca hubiera querido escuchar y mucho menos responder.

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Mi abuela una mujer de agraciada actitud y siempre sonriente. Una de las personas que más amo en este mundo, la mujer con el alma más pura que haya conocido jamás; solía contarme historias cuando de pequeño gustoso vivía con ella en su humilde casa ubicada al norte de la sierra peruana. Conocía perfectamente la vida y sus adversidades. Con su veteranía ella había tenido muchos caminos angostos y espinas puntiagudas por todas partes. En cuanto a mí, quería comenzar esta aventura ajena mencionando a la dueña de estas líneas. Yo Mario Alberto el intermediario, comenzaré esta historia de la siguiente manera.

***

Javier un muchacho cuyo rostro reflejaba el de su padre (mi tocayo) Mario, caminaba solo, analizando inconscientemente el canto monótono de los grillos. El aire frío se cortaba en sus desnudos brazos cruzados. Eran las siete de la noche, por la callejuela de su pueblo sus pies casi arrastrándose al suelo interrumpían el silencio de aquella noche oscura. Apenas lograba ver el camino a casa con la vaga ayuda de la luna creciente pues en aquella época comparada con la de ahora aún no existía por esos lares la bendita luz eléctrica. La gente abasteciase de la luz del sol por el día y por la noche unas linternas que funcionaban a base de querosene cuya luz no era satisfactoria. Mario, había creado con su ingeniosidad un mechero tan solo con un pedazo de trapo y una botella de jarabe. La gente en aquellos tiempos vivía de lo que sembraran. Nada de teléfonos celulares, cero comunicación con personas ajenas del lugar y un sinfín de cosas que ahora son posibles gracias a la dichosa tecnología.

– Voy tarde – eran los pensamientos pesimistas de Javier mientras iba llegando a su casa – mi padre va a castigarme por haberme escapado de la casa para no ir a por las ovejas.

Su padre era un hombre de carácter fuerte y muy compulsivo. Acostumbraba golpear a Javier siempre que él le desobedeciera en algo o su comportamiento no fuera la adecuada. Su madre en cambio, era una mujer amable y todo lo contrario a su esposo.

Con mirada gacha Javier caminó hasta el umbral de la puerta de la cocina y se quedó parado ahí hasta recibir algunas palabras de sus padres, pero solo se encontraba ahí presente su madre, sentada en un rincón contemplando la luz del fuego de su cocina a leña.

– ¿Dónde has estado Javier? Tu padre está muy enojado.

– Con unos amigos mamá.

A la mamá de Javier se le ablandó el corazón como de costumbre al ver los ojos tristes casi llorosos y arrepentidos de Javier. Le invitó a sentarse en un banco de madera y le sirvió sopa caliente.

– ¿Dónde está papá? – las palabras de Javier denotaban un claro sentimiento de miedo y culpa en los oídos de su buena madre Julia.

– Tuvo que hacer lo que te había ordenado.

– Cuando regrese me disculparé con él…

– Tienes que hacerlo – interrumpió Julia, su madre.

– Aunque seguramente de igual manera va a castigarme, no lo dudo.

Los perros afuera empezaron a ladrar. Se escuchaban claramente los pasos de los cuadrúpedos y no demoraron en lanzar su reconocido balido.

<< Meee, meee…>>

Minutos después Mario apareció en la puerta y al ver a Javier frunció rápidamente el ceño y el enojo era más que notorio. Javier no levantaba la cabeza, seguía tomando la sopa y su madre en un rincón sin decir nada casi oculta entre la sombra que la linterna encendida no podía iluminar. A Mario le sobraban palabras de regaño y a Javier le faltaban excusas que le salvaran de una paliza.

– ¿Te parece muy bien desobedecer a tu padre? – Ahora era más evidente el enojo.

Javier no supo qué responder y en vez de opinar algo, dio otra cucharada de sopa ya casi temblando.

– ¡Eres un bueno para nada que ya ni responder puedes! ¿O qué? ¿acaso el gallinazo te comió la lengua? – hizo una pausa – ¡Inútil!

<<Afuera, un perro lanzó un aullido atemorizante>>

– Lo lamento mucho papá, prometo que no va volver a ocurrir.

– ¡Oh claro que no, después de la tanda que te voy a dar te quitaré todas las mañas que tienes!

Se dirigió hacia una esquina donde se encontraba una varilla grande de eucalipto.

– No papá, por favor no me pegues por favor – eran las súplicas de Javier que ya tenía los ojos llorosos – prometo obedecerte en lo que …

No terminó de hablar porque la varilla, impulsada con gran fuerza y dureza terminó en su espalda provocando un dolor insoportable. La cólera de su padre era más que el llanto de Javier. Intentó disculparse de nuevo, pero Mario le metió un sopapo en toda la cara rozándole la nariz. Empezó a sangrar, esto indignó a Javier quien llorando y limpiándose la sangre con el brazo salió corriendo.

– ¡Basta ya Mario! – Julia también estaba llorando y tomó del brazo a su esposo para que no fuera tras de Javier.

Javier continuaba llorando oculto en silencio entre esa noche que conforme pasaba el tiempo, el silencio lo cubría más y solo se podía oír a los perros aullando, el chirrido de los grillos y las luces parpadeantes de algunas luciérnagas. Una parte de su rostro y brazo se mancharon de sangre y la camisa también la tenía manchada. Trataba de entender la reacción agresiva de su padre.

<< Quien sabe él fue criado de esa manera tal vez >>

Pasaron veinte minutos y él seguía oculto sentado bajo un árbol de palto, ya sin llorar, pero con la tristeza presente aún. Se le había pasado un poco el rencor y ya empezaba a sentir frío ahí, se daba cuenta que sin pensar había ido a una distancia considerable fuera de casa. De la nada le pareció haber sentido pasar a alguien tras de él, pero al volverse no había nadie “seguramente es mi imaginación”. Continuó ahí sentado con las piernas pegadas a su pecho, el cachete entre las rodillas y sus manos bien sujetas de las canillas. No pasó mucho y de nuevo un sonido se sintió como pasos entre la hierba y hojas secas.

– Caray esto ya me está dando miedo, creo que debo irme de este lugar – pensó Javier tratando a la vez de coger valor y ponerse de pie.

En ese plan de pararse y limpiarse el pantalón pudo notar una sombra que estaba parada justo enfrente de él a tan solo unos metros. Con el susto Javier dio dos pasos atrás.

– Ven hijo – finalmente la silueta oscura decidió comunicarse con Javier. Tenía voz de hombre y de arrepentimiento, pero lo más curioso aún; era la voz de su padre quien con voz de tristeza y desconcierto pedía que Javier le perdonara.

– Papá ¿eres tú?

– Ven hijo mío no te voy a pegar.

Ahora su voz se escuchaba más lejano, aunque la sombra seguía ahí frente a él. Javier vaciló. En sus 14 años de vida su padre nunca le había ido a consolar después de golpearlo. Repentinamente se distrajo con el ruido intrépido de un pájaro aleteando arriba del árbol tratando de no caerse. En el menor descuido que hizo al volver hacia la sombra parlante, lo perdió de vista. Ya había desaparecido sin que Javier lo notara. Se le erizo la piel y al momento observó una débil luz que se perdía entre los arbustos y volvía a verse cada vez acercándose más.

– ¡Hijo!

Era la preocupada voz de Julia.

– ¿Madre? ¿Eres tú?

Su madre no logró oírlo.

– ¡Mamá, estoy aquí! – ahora gritó con más fuerza.

– Hijo, quédate ahí, estoy viniendo a por ti.

Javier al escuchar las dulces y confortadoras palabras de su madre se tranquilizó. Un soplido de aire muy frío llegó a Javier quien cruzado los brazos esperaba ansioso a su madre. Como salido de la nada de nuevo la voz de su padre llegó a los oídos de Javier.

– Hijo, ven ya no te voy a pegar ja, ja, ja.

Javier de golpe volvió a mirar de dónde provenía la voz. Nuevamente pudo observar un bulto de sombra ya más lejos de él, arriba en una loma cruzando un canal de agua, allí se encontraba. Javier tembloroso lo miraba fijamente sin decir nada y tal parecía que este lo estaba mirando también; ambos inmóviles.

– Javier, vámonos – como aquel pajarraco en el árbol, su madre también lo interrumpió. Javier volvió hacia ella de un salto.

– ¿Qué te pasa?

– Nada mamá…

– Estás muy pálido.

– Seguramente es por el frío.

– Sí, tienes razón, ven vamos a que te abrigues en la casa, te pones tu chompa y te preparare un té de muña.

Julia tenía paciencia y poder de convencimiento total. Abrazado del hombro llevaba a Javier alumbrando con la linterna de querosene que sostenía en la otra mano. Le iba conversando y animando, tratando de que quizá pudiera olvidar la tanda que le había considerado su padre por desobedecer. Javier escuchaba sin decir nada, no comentó ni siquiera de aquel suceso con el bulto de sombra; quién sabe tal vez porque su madre iba a dudar de ello.

Curiosa es a veces la vida. Como un soplo de viento en otoño naces y como pequeño río en el mar desapareces. Simple coincidencia quizá o simplemente la leyenda que la gente difundía en ese entonces y que hoy en día alguna de las personas todavía cree, era cierta.

Aquellas palabras de motivación en aquella noche fueron las últimas que Javier pudo oír de la voz tan suave de su progenitora. Enfermó a los dos días y una semana estuvo en cama sin entender motivos. Una semana débil y decaído, viendo llorar a su madre y a su padre con una mirada de desconcierto y en el fondo también de dolor. A la siguiente semana, un jueves cuando estaba ya viendo la luz que conducía la muerte, su madre tomó su mano.

– Te quiero hijo mío, espera no. Te amo.

Javier, con los ojos y el rostro caído pudo esbozar una ligera sonrisa.

– También te amo mamá, he sido valiente hasta aquí.

Julia cayó en llanto, Mario que acababa de ingresar fue también a tomarle de la mano a Javier y a dar un abrazo de confort a su mujer.

Ese mismo día, Javier dejó de existir, se le cerraron los ojos y a su madre las esperanzas de vivir como si alguien con una cuchilla le desgarrara el corazón.

Antes de morir Javier miró directamente a los ojos de su padre y como fingiendo una sonrisa evocó el suceso de la noche anterior.

– No eras tú papá, el bulto de sombra que quería abrazarme y consolarme, no eras tú.

FIN

SENSACIONES

yellow hibiscus flower

Me puse a pensar en las situaciones

de fuerte descenso y una habitual lucha.

Encontré apenas un soplido de rencor.

 

En cambio entre los muros del recuerdo

bastó y sobró estima que entre los espejos

y palabras reflejaba amor interminable.

 

Me despido sin levantar las manos y sin

decir adiós y mucho menos creas que lo hago

queriendo despedirme sino todo lo contrario.

 

Ayer te quise y creo indudablemente

que mañana también, es difícil pensar

que por mi bien ya no tendré que pensarte.

 

Mi alma grita pero tu ser ególatra no responde.

He sido y has sido un rollito de beneficiosa felicidad.

Eres la dicha que yo quiero cuando respiro

y mi corazón sin pensarlo dos veces lo afirma.

L.D.Yzaguirre Trevejo

 

 

 

 

NO HAY AMOR NI ODIO

silhouette of man near beach

 

Bajo el pedal de aquella bicicleta descompuesta

yacía tus lagrimas húmedas,era monótono tus besos

y empujabas el timón de mi mundo inerte sin velas.

 

Sabías que te quería, tenías presente que mis lineas de vida

y muerte eran por ti. Tu silencio matutino me hacía sentir inútil,

y más sordas eran las noches; que entre suspiros y reproches

vivían en el infierno del mundo: La vida sin ti.

 

Sí, esa diminuta sombra tuya me cuidaba del

letal sol en los días difíciles

¿Acaso no te dabas cuenta de mi sonrisa?

 

Que tardes de hermoso crepúsculo contigo.

Déjame contarte que un día se me fueron

las ganas de amar y ahora ni amargura tengo.

Es difícil no sentir nada ni un petardo.

 

Sin tu amargura ni tu ternura, sin tus besos ni gritos,

a veces sobran centavos de misionero a veces se pierde

el amor entre el carrizal del iracundo odio presente.

 

Déjame contarte de los días sin ti,

no te tenía pero ahí estabas.

 

Lincol D Yzaguirre Trevejo.

SEÑAS Y DESVIO

person holding woman's hand on top of hill

 

Encuentro insaciable esperar los hechos de tu mente en mil motivos,

sé también de algunos rincones abstractos y complejos de tu ser abstinente,

para saltar de lugar en lugar y decir “no quiero, no quiero perderte”

 

Saltando entre las palabras falsas del amor llegué a ti como espiral,

no era lo que podría suceder sino lo que ahora está aconteciendo

en las mañanas mientras duerme la aurora y los siete pecados

caminan en la sala de nuestro hogar envuelto en vivas llamas.

 

No visites mis rincones oscuros cuando a veces sin motivo

soy un pobre gruñón completamente aburrido.

Hay algo que no sabes, de esa manera es mucho mejor sentirte.

 

Encuentro irreprochable tus actos delictivos en mi categoría,

insaciable tu alegoría, inimaginable tus vías para amarme mejor

día a día entre las cumbres de la sequía y tu invaluable amor.

Y me guía, tu boca; al rincón donde tus ojos me dejan un sinsabor.

 

LD. Yzaguirre Trevejo.

 

 

 

 

TIEMPO PERDIDO

Imagen relacionada

 

Soy el tormento de tus alas en el cielo y el llanto de tus ojos bajo la lluvia.

Sueño también con esperanzas de vida entre tú, yo y la alegría.

Para ser la altitud que sueñas tener, me basta un beso, una caricia

y el fragmento de tu silencio al ignorarme.

 

Tiernamente por su puesto suelo dejarte estática,

mas no busco ser tu pañuelo que guarda tu bolso

ni el mantel con el que limpias el filo de tu cama.

 

Me gusta cuando caminas y brincas en mi mente,

pero más me suele alegrar el verte por siempre

en los barandales de mi interior y la arrogancia.

 

No caminas conmigo y yo no suelo hacerlo solo,

a veces piensas en irte y yo al saber que ocasión

puedo encontrar para amarte en silencio lloro.

 

Me puedes encontrar en tus huellas ligeramente

visibles al resto pero no puedes retroceder para

decir que volverás a pisar en un lugar diferente.

 

Lincol D. Yzaguirre Trevejo.